viernes, 9 de octubre de 2009

María Lagos


















“Camina que camina, María Lagos”...

El flaco con aire intelectual va en el vagón del tren, le fastidia la luz titilante mientras intenta leer. Decide cerrar el libro. Saca un abrigo de su maleta y cierra los ojos. Sueña con un pantano, con un pozo negro y humeante. De él emerge un seno turgente, blanco y redondo coronado por un pezón perfecto.

Se despierta asustado, sudando. Ya se ha hecho de día. El sol entra por las persianas de manera perpendicular. Él se escabulle de la luz, ora, y se persigna. Se levanta y saca de su maletín la sotana, la alisa con la mano y mira la hora en el reloj. Es momento de bajarse del tren.

Llega a la estación y lo espera el dependiente en el mostrador, le han dejado un encargo para el “curita” nuevo de Puerto Rico. Es una vieja bicicleta oxidada que rechina a cada movimiento. El calor es abrasador, pero le han explicado que la iglesia queda retirada del caserío del pueblo y debe llegar solo hasta allá, como referencia le dicen que es cerca de un faro que se divisa a lo lejos. La cruz también se alcanza a ver.

Mientras pedalea la descubre. Lleva el esqueleto de un paraguas sobre el hombro, es menudita y frágil, el cabello cobrizo y suelto le llega hasta la espalda. Va con un vestido de encajes con florecitas, que tal vez alguna vez fue blanco y a fuerza de tantas lavadas se convirtió en un color indefinido. Tiene pecas que se asoman por sus hombros. Ella parece danzar sobre la arena despreocupada, con los pies descalzos. Tiene las manos bellas y los dedos, largos.

A lo lejos un grupo de niños pescadores suelta las redes y corre tras de ella como una parvada de pelícanos, la rodean y la empujan: “pobrecita la mudita, pobrecita María Lagos, camina que camina, María Lagos…”. Ella los mira, pero no hace nada, sigue andando con su pasito uno-pasito dos- saltito. Da la vuelta de repente y lo mira desafiante. Fusila con ojos fijos a ese hombre vestido de negro entero como un cuervo, con su cuello blanco y su sombrero de paja, que la observa desde lejos apoyado en la bicicleta.

Él siente su mirada, arde su rostro. Ha visto la cara más bella del mundo hasta entonces, ha visto esas cejas gruesas y los ojos verdes y profundos. Se ha perdido en el fuego de su pelo y huye.

II
Su primera iglesia es pequeña, vetusta, hecha de madera, caña, tejas de zinc. Piensa que luego podrán mejorar las cosas, que es un buen pueblo este al que lo han enviado, espera conocer mañana a su rebaño, se va a descansar.
María ha llegado. Tuvo tiempo para lavar el piso, ha pulido la madera; ha sacado al gato a escobazos, también puso a cada santo su ropa de domingo para recibir al recién llegado; las bancas relucientes, el cáliz más brillante, flores para la Virgen. El despierta, siente un fuerte olor a rosas, lo sigue con el olfato por toda la estancia y la encuentra preparando el café en la cocina de espaldas y descalza, un rayo de luz entra por la ventana y refleja en su cabellera. Quiere hablarle pero recuerda que es muda, solo sonríe y ella devuelve la sonrisa con la taza de café en la mano que el recibe de manera temblorosa.

Ha salido la luna y comienza a garuar en Puerto Rico, el faro gira su luz para llamar a los pescadores que se encuentran extraviados en alta mar y mostrarles el camino que los traerá de vuelta a casa.
María está sentada hace horas en el piso de tierra viendo como caen las polillas, tras dar vueltas y vueltas fascinadas por el foco de la sala. Las levanta con curiosidad, las destripa como liendres, las sopla crédula pensando que puede revivirlas.

Él contempla absorto desde una esquina el espectáculo con una dulce pena, la mira sonreír y hasta adivina en su rostro por momentos la lucidez. Intenta descifrar cómo una obra de tal perfección puede haber llegado a la locura a tan corta edad. Se propone enseñarle los caminos de Dios y su palabra, hace planes a futuro para hacerla salva y de ser posible santa.

III
María lo ha visto entrar a la sacristía a eso de las diez, afuera las olas rompen vigorosas y ella marca en el reloj de cuerda las tres de la mañana, adelantando el tiempo en paralelo con sus sueños. Entra despacio, buscando a tientas los muebles, la silla, la cama. Se desliza adentro de las sabanas calientes, el fuerte viento hace rechinar y chillar las tejas como gatos en celo.

Introduce su mano en el pantalón de franela, encuentra lo anhelado, lo mueve, lo unge de su aliento. Para cuando él despierta ya es muy tarde, el pantano esta allí mismo, en esa cama hirviente. La descubre desnuda, la besa, reconoce sus turgencias, sus caderas estrechas, sus humedales ardientes y desconocidos.

Suenan cuatro campanadas. La embestida gloriosa ha durado exactamente sesenta minutos. Tras la batalla ella ha ganado y se levanta airosa, se calza y sale por la puerta. Él apenas ha podido ponerse el pantalón mojado para salir tras ella en la tormenta. La ve correr al faro y se da cuenta que debe seguirla hasta la cima.

La encuentra, dando vueltas frenéticas a la luz incandescente, corriendo desnuda, en círculos perfectos con sus brazos abiertos imitando un vuelo de alas invisibles, suicida insecto alado queriendo estar más cerca de la luz a cada giro. Un torrente de lluvia cae sobre el viejo techo del faro, María continúa su vuelo imaginario ante el absorto sacerdote que apenas alcanza a distinguir entre la luz intermitente que su cabellera empapada lleva puesta la corona de la virgen del Cisne.

De pronto María se ha detenido. Lo toma de la mano y le muestra el camino al pequeño balcón. Desde el borde de la baranda puede ver hacia abajo los acantilados y las olas rompiendo al compás de los truenos y el viento, todos en una orquesta ensordecedora. Ella lo encara nuevamente, pero esta vez es como en la mañana, una mirada dura y desafiante. Así, de un golpe; él puede comprenderlo todo. Llorando y empapado cae de rodillas por última vez.

Hoy es domingo y la bicicleta ha regresado misteriosamente a la estación como desde hace tres años, otro tren llegará nuevamente próxima semana.

sábado, 26 de septiembre de 2009

Del Taller Literario al blog y a ver como me va...


-Hola lectores, ahora estoy en una nueva etapa. Tratando de escribir lo que siempre he querido sacar y estoy en un taller literario con la conocida escritora guayaquileña, Solange Rodríguez. Voy a postear de vez en cuando mis textos y espero que los disfruten. Acepto críticas y opiniones. Gracias :)
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-1-
Porque deseaba con locura salir de esas cuatro paredes, disfrutar aunque fuera unas horas de música electrónica a lo que aguanten los oídos, integrarse a esos cuerpos sudorosos danzando en una pista al ritmo del tum/tum/tum; necesitaba desesperadamente conseguir dinero.
Antonia tenía 16 años y se consideraba lista para la vida. Estaba sentada ahí en su cama, contemplando el afiche de Axel Rose pegado en la pared y pensaba que se le veía un increíble paquete. Aún virgen se remecía en la sola contemplación de su ídolo posando en una licra roja brillante.
Pensó en lo que sentiría si pudiera tenerlo cerca, besarlo y poseerlo mientras Axel le susurraba a su oído la letra de “november rain” acompañado de sus característicos gemidos.
Dejó de escuchar la música en su cabeza y su mente aterrizó, volvió a concentrarse en el objetivo de ese sábado. Le daba vueltas a la forma de hacerse invitar a aquel lugar de moda del que todos hablaban, pensó en llamar al muchacho que la había sorprendido aquella vez en el parque. Un perfecto desconocido con uniforme de policía, era lindo, pero; -¿a qué clase de persona en su sano juicio se le ocurre meterse con un policía? - Se preguntó.
Agarró el teléfono, no sin recordar que la línea se encontraba en riesgo de corte a cuenta de sus eternas conversaciones:
-Aló flaca, ¿Cómo vas a salir esta noche?- dijo Antonia bajando la voz para que no la escuchara el “sapo” de su hermano en el piso de arriba.
-Como siempre sonsa y más te vale que vayas por que van a repartir tequila que da miedo, acuérdate que allá hay barra libre.
“La flaca” tal y como era conocida Janina entre sus amigos era, es y seguirá siendo, si es que todavía vive, un ser de piedra.

Tenía por costumbre dormir a sus viejos. Les daba pequeñas dosis de un potente tranquilizante en el café de las seis de la tarde y los dejaba profundos mientras salía campante saltando con pericia la pared de su patio trasero aún en diminuta minifalda. Solía también vaciar la billetera de su papá antes de irse y jugar con ellos como muñecos inanimados dejándolos semidesnudos en la cama en posiciones comprometedoras aunque sabía bien que su vida sexual era un asco. Locuras de una hija única.
Antonia armó la pequeña maleta: desodorante, protectores diarios, interiores tipo hilo, camiseta para dormir. Abajo en el fondo, la minifalda, la blusa negra, el maquillaje que aún, según su madre, era inapropiado para su edad y los infaltables cigarrillos.
Salió de la casa, llevaba bajo su ropa la alcancía de su hermano menor, que había bajado de un recóndito rincón encima del armario. Sin ningún remordimiento se sentó detrás de un árbol calles más adelante y delicadamente sacó su navaja de la chaqueta de jean que siempre la acompañaba. Como una lata de atún, el metal se fue abriendo a cada embate de la navaja, y Antonia podía ver que se asomaban monedas y billetes de diferentes denominaciones que no tardó en seleccionar y agrupar, 35 mil pesos. Toda una fortuna para alguien sin absolutamente un centavo en el bolsillo hasta entonces.
Despacio guardó su botín en la mochila y se cuidó de que nadie la vea botar depósito de la basura la prueba de su delito. Caminó unos pasos más hasta la entrada, se persignó al entrar y le dio un beso a su mamá, llegó justo en el momento clave, -yo pecador me confieso, ante Dios todopoderoso y ante vosotros hermanos que he pecado mucho-, recitó de memoria al igual que todos los feligreses de la pequeña iglesia de barrio, -por mi culpa, por mi culpa, por mi gran culpa- respondieron todos al unísono con golpes de pecho.
Había pedido permiso para ir a dormir a casa de Juliana, amiga desde la infancia, completamente opuesta a la imagen rebelde que proyectaba Antonia. Juliana era especialista en parecer una niña dulce y tenía ese aire inocente que evadía cualquier sospecha, su manera de vestir, sus gestos, su voz, la piel inmaculada y los cuidadosos peinados de “reinita de belleza” hacían que todas las madres del barrio la tuvieran por ejemplo de comportamiento, modelo de moralidad.
Juliana siempre resultaba la mejor coartada de sus compañeras de rumba, sus papás casi nunca estaban en la ciudad y la abuela octogenaria no notaría que esa noche también iban a desaparecer justo cuando ella terminara de rezar el rosario y se tomara su agüita de valeriana. El plan estaba saliendo a la perfección.
Antonia caminaba y una idea daba vueltas por su mente, ¿sería posible que notaran la falta del dinero?; pero, ¿cuántas veces había llamado a su padre a pedirle plata y se había encontrado con una negativa?, recordó haber pedido también a su mamá una mesada sin éxito -desde que se separaron me tienen abandonada- justificó. Además pensó en el enano insoportable de su hermano y en las ocasiones en que la había chantajeado con sus secretos y robado lo poco que le quedaba del dinero del recreo.
-¡Qué se jodan!- gritó en voz alta y pateando al aire
-2-
La casa de Juliana era una villa de piedra ubicada a pocas calles. Los dos sauces llorones de la entrada con sus largas cabelleras no mejoraban el aspecto lúgubre de esa mansión que en otro tiempo seguramente fue bella y señorial. Hoy lucía tan vieja como la abuela que la recibía en la puerta, siempre sin mucho ánimo y arrastrando sus piecitos como si la vida le pesara plomo.
Del teléfono de la habitación llamaron a Janina y sincronizaron relojes, eran las siete y media de la noche.
Mientras Juliana rezaba afuera el rosario con la abuela, Antonia que se había disculpado por una fuerte jaqueca se acostó mirando el cuarto de su amiga con una profunda lástima. Un oso de peluche por aquí y otro por allá. Las pequeñas muñecas de porcelana puestas primorosamente en una repisa construida en madera y cintas de colores pastel. El cuadro del ángel de la guarda cuidando una pequeña niña que seguramente en algún momento de su infancia se pareció a julianita. –Patético-, se dijo; -simplemente patético, si tuviera que dormir aquí me suicidaría a los dos días- pensó.
Sacó del bolsillo un cigarro aplastado, se paró sin ganas y se fue al balcón. Trepó la reja y de un dos por tres estuvo en el techo de la vieja casona. El aire traía un olor a dulce y canela, el viento afuera zumbaba entre la vegetación.
De un rasgón prendió el fósforo con el cierre del pantalón, un viejo truco de rockero que le habían enseñado. Se recostó en las tejas aún húmedas de algún aguacero reciente y sintió fresquito.
Pensó de nuevo en él. Aunque habían pasado algunos días, tenía grabada su cara cuando apareció de la nada y la tomó del brazo fuertemente pero sin hacerle daño. La había encontrado con Hans y Janina en plena armada de un porro de marihuana en el Parque del Centro, a ella que era la armadora y no la fumadora. Cada que lo recordaba le daba mucha rabia. Temía confesar que más que rabia sintió vergüenza, a ella que todo le daba igual.
La palabra “policía” siempre le había resultado detestable y ahora era parte de ella y la tenía impregnada como un mal perfume al que no se puede sacar de la ropa con una simple lavada.
Tras el penoso incidente del porro, algunos empujones a Hans y unas cuantas groserías dichas a los gritos por Janina recordó que “el policía” le tomó sus datos solo a ella, que entre las averiguaciones le pidió el teléfono de su casa, que ella le dio uno falso y que él se dio cuenta. Entonces, antes de dejarla ir, bajó la mano acariciando la parte interna de su brazo y le deslizó un papelito. Era una mano brusca y grande que introdujo su palma en la suya de manera electrizante.
Debía tener unos 20 años, eran las suposiciones de Antonia que había dado dos o tres vueltas de nuevo de manera “casual” para volver a verlo sin conseguirlo.
El dichoso papelito tenía un teléfono escrito con mala letra en el que se leía: “estación 35, teléfono… Agente Torres”. Podía llamarlo, pero ella era así. Se negaba a hacerlo y prefería encontrarse con él frente a frente, quería tomar valor para acercarse a una persona que definitivamente no encasillaba en su mundo.

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Este fragmento es parte de algo más largo y aún no tiene nombre, queda en "continuará". Trataré de escribir más corto para cuento en estos días.

martes, 6 de enero de 2009

Guillermo Valencia - RITOS 1914




RITOS
Por Guillermo Valencia
Segunda edición, 1914

ANARKOS

De todo lo escrito amo solamente lo que
el hombre escribió con su propia sangre.
Escribe con sangre y aprenderás que la
sangre es espíritu.

Federico Nietzsche.

En el umbral de la polvosa, puerta,
sucia la piel y el cuerpo entumecido,
he visto, al rayo de una luz incierta,
un perro melancólico, dormido.

¿En qué sueña? Tal vez árida fiebre
cual un espino sus entrañas hinca
o le finge los pasos de una liebre
que ante sus ojos descuidada brinca.

Y cuando el alba sobre el Orbe mudo
como un ave de luz se despereza,
ese perro nostálgico y lanudo
sacude soñoliento la cabeza
y se echa a andar por la fragosa vía,
con su ceño de inválido mendigo,
mientras mueren las ráfagas del día
para tornar a su fangoso abrigo.

Hundido en la cloaca
la agita con sus manos temblorosas,
y de esa tumba miserable saca
tiras de piel, cadáveres de cosas.
Entre tanto, felices compañeros
sobre la falda azul de las princesas
y en las manos de nobles caballeros
comparten el deleite de las mesas;
ciñen collares de valioso broche,
y en las gélidas horas de la noche
tienen calor, en tanto que el proscrito
que va sin dueño entre el humano enjambre,
tropieza con el tósigo maldito
creyendo ahogar el hambre,
y en las hondas fatigas del veneno
echado sobre el polvo se estremece,
fatídico temblor le turba el seno,
y con el ojo tímido, saltado,
sobre la tierra sin piedad fallece.

Todos vuelven la faz, nadie le toca:
al bardo sólo que a su lado pasa,
atedia la frescura de su boca
"donde nítidos dientes
se enfilan como perlas refulgentes"...

Mísero can, hermano
de los parias, tú inicias la cadena
de los que pisan el erial humano
roídos por el cáncer de su pena;
es su cansancio igual a tu fatiga,
como tú se acurrucan en los quicios
o piden paz, sin una mano amiga,
al silencio de oscuros precipicios.
Son los siervos del pan: fecunda horda
que llena el mundo de vencidos. Llama
ávida de lamer. Tormenta sorda
que sobre el Orbe enloquecido brama.

Y son sus hijos pálidas legiones
de espectros que en la noche de sus cuevas,
al ritmo de sus tristes corazones
viven soñando con auroras nuevas
de un sol de amor en mística alborada,
y, sin que llegue la mentida crisis,
en medio de su mísera nidada
¡los degüellan las ráfagas de tisis!

Los mudos socavones de las minas
se tragan en falanges los obreros
que, suspendidos sobre abismo loco,
semejan golondrinas
posadas en fantásticos aleros.
Con luz fosforescente de cocuyos,
trémula y amarilla,
perfora oscuridad su lamparilla;
sobre vertiginosos voladeros
acometen olímpicos trabajos,
y en tintas de carbón ennegrecidos,
se clavan en los fríos agujeros,
como un pueblo infeliz de escarabajos
a taladrar los árboles podridos.
Sus manos desgarradas
vierten sangre; sarcástica retumba
la voz en la recóndita huronera:
allí fue su vivir; allí su tumba
les abrirá la bárbara cantera
que inmóvil, dura, sus alientos gasta,
o frenética y ciega y bruta y sorda
con sus olas de piedra los aplasta.

El minero jadeante
mira saltar la chispa de diamante
que años después envidiará su hija,
cuando triste y hambrienta y haraposa,
la mejilla más blanca que una rosa
blanca, y el ojo con azul ojera,
se pare a remirarla, codiciosa,
al través de una diáfana vidriera,
do mágicos joyeles
en rubias sedas y olorosas pieles
fulgen: piedras de trémulos cambiantes,
ligadas por artistas
en cintillos: rubíes y amatistas,
zafiros y brillantes,
la perla oscura y el topacio gualda,
y en su mórbido estuche de rojizo peluche,
como vivo retoño, la esmeralda.
La joven, pensativa,
sus ojos clava, de un azul intenso,
en las joyas, cautiva
de algo que duerme entre el tesoro inmenso
no es la codicia sórdida que labra
el pecho de los viles:
es que la dicen mística palabra
las gemas que tallaron los buriles:
ellas proclaman la fatiga ignota
de los mineros; acosada estirpe
que sobre recio pedernal se agota,
destrozada la faz, el alma rota,
sin un caudillo que su mal extirpe:

El diamante es el lloro
de la raza minera
en los antros más hondos de la hullera;

¡ loor a los valientes campeones
que vertieron sus lágrimas
entre los socavones!

Es el rubí la sangre de los héroes que, en épicas faenas,
tiñeron el filón con el desangre
que hurtó la vida a sus hinchadas venas;

¡loor a los valientes campeones
que perdieron sus vidas
entre los socavones!

El zafiro recuerda
a los trabajadores de las simas
el último girón de cielo puro
que vieron al mecerse de la cuerda
que los bajaba al laberinto oscuro;

¡ loor a los sepultos campeones
que no verán ya el cielo
entre los socavones!

Y el topacio de tinte amarillento
es recóndita ira
y concreciones de dolor; lamento
que entre el callado boquerón expira;

¡ loor a los cautivos campeones
que como fieras rugen
entre los socavones!

La joven pordiosera
huyó. . . . . .

¿Que formidable vocerío
pasa volando por el azul esfera,
con el lejano murmurar de un río?
Es una turba de profetas. Vienen
al aire desplegando los pendones
color de cielo; sus cabezas tienen
profusas cabelleras de leones.
En sus labios marchitos se adivina
el himno, la oración y la blasfemia;
llama febril sus ojos ilumina
de sacros resplandores;
pálidos como el rostro de la Anemia,
llegaron ya; son los conquistadores
del Ideal: ¡dad paso a la bohemia!
Ebrios todos de un vino luminoso
que no beben los bárbaros, y envueltos
en andrajos, son almas de coloso,
que treparán a la impasible altura
donde afilan sus hojas los laureles
conque ciñes de olímpica verdura
en tu vasto proscenio
a los ungidos de tu Crisma, ¡ oh Genio!
Aquel muestra su aljaba
de combate, repleta de pinceles;
el otro vibra, como ruda clava,
un cuadrado amartillo y dos cinceles;
se interrogan, se dicen sus proyectos
de obras que dejarán eternos rasgos;
aunque sean insectos,
el mármol y el pincel los harán astros.
Un escultor ofrece
pulir la piedra como fino encaje
para velar un seno que florece
bajo la ténue morbidez del traje;
aquése de fosfórica pupila,
que las del gato iguala,
discurre solo en actitud tranquila
con el azul cuaderno bajo el ala;
y el bardo decadente,
el bardo mártir que suscita mofas,
levantará la frente,
alto nido de férvidas estrofas,
y de sus labios, que el reír no alegra,
brotará el pensamiento
como un águila negra,
con las alas enormes
desplegadas al viento,
para cantar la Venus Victoriosa
cuya violenta juventud encarne
el espíritu alegre de la diosa
en las melancolías de la carne.

El músico, doblando la cabeza
sobre la débil caja
de su violín sonoro,
dice la voz que de los cielos baja
como un perfume del jardín de oro,

y, agarrando del cuello enflaquecido
al tísico instrumento,
lo hace gritar con trágico alarido,
y con ahogados trémulos simula
el sollozo de un mártir que se queja
bajo el negro dogal que lo extrangula;
y sobre todos flota,
como un sueño de amor en la noche larga,
la paz del arte que su duelo embota
y su llagado corazón embarga.

Desventurada tribu
de miserables, vuestro ensueño vano
vuela solo entre sombras como vuelan
las grullas en las noches de verano.
Esa lumbre asesina de los focos
que doran las soberbias capitales,
arderá vuestras frentes inmortales
y vuestras alas de zafir, ¡oh Locos!
Sin pan, ni amor, ni gruta
donde dormir vuestras febriles horas,
sucumbís a la bárbara cadena,
sin más visión que la chafada ruta
que os empuja a los légamos del Sena ...
¡Canes, minero, artistas,
el árido recinto que os encierra
consume vuestros míseros desojos;
y en el agrio Sahara de la tierra
sólo hallasteis el agua ... de los ojos!
Huíd como una banda tenebrosa
de pájaros nocturnos que entre ramas
hienden la oscuridad sin voz ni huella;

morid: ¡para vosotros
no se despierta el día
ni se columpia en el Zenit la estrella
que llamaron los hombres Alegría
Cuan lejos de vosotros se levanta,
sobre columnas de marfil bruñido,
la ciudad de los Amos donde canta
su canto de ventura
el gozo entre las almas escondido.
Allí todos olvidan
vuestra angustia. Los árboles no dejan
-de silencio cargados y de flores-
> llegar, de los vencidos que se quejan,
el treno funeral de sus dolores;
allí, cual un torrente
que dé sus ondas a dormidas charcas,
resbala fríamente
con ruido sonoro
el oro, a los abismos de las arcas.
Allí las sedas crujen
como crujen las carnes sacudidas
por las fieras: son fieras que no rugen
los seres sin piedad. Ved como pasa
sobre el marmóreo suelo,
con su capa de pieles la hembra dura
cual un oso gigante sobre hielo.
¿Por qué se abren sus ojos
desmesuradamente?
¡Ah! si es que apunta con fulgores rojos
el astro de la sangre por Oriente.
Bajo el odio del viento y de la lluvia
por la frígida estepa se adelantan
los domadores de la Bestia rubia;

ya los perros sarnosos
se tornaron chacales. De ira ciego
el minero de ayer se precipita
sobre los tronos. Un airado fuego
entre sus manos trémulas palpita,
y sorda a la niñez, al llanto, al ruego,
¡ruge la tempestad de dinamita!
¡Son los hijos de Anarkos! Su mirada,
con reverberaciones de locura,
evoca ruinas y predice males:
parecen tigres de la Selva oscura
con nostalgias de víctima y juncales.
El furioso caer de sus piquetas
en trizas torna la vetusta arcada
que erigieron al Bien nuestros mayores;
y por la red de las enormes grietas
va filtrando, con tintes de alborada,
un sol de juventud sus resplandores.

Aquél un arma ruda
pide, que parta huesos y que exprima
el verbo de la cólera; filuda
por el trabajo, recogió su lima
de fatigado obrero,
y bajo el golpe de Lucheni, ¡muda
cayó la Emperatriz como un cordero!

Pini, Vaillant, Caserio y Angiolillo,
vuestro valor ante la muerte espanta;
negros emperadores del cuchillo,
que rendís la garganta
como débil mendrugo
a las ávidas fauces del verdugo;

de duques y barones
no circundó plegada muselina
vuestros cuellos. Allí donde culmina
el dorado listón de los toisones
os dio la guillotina
su mordisco glacial; vendimiadora
que la tez y las almas descolora.

Aún parece vibrar en mis oídos
la voz de Emile Henry; ya bajo el hacha
iba la a rodar su juvenil cabeza,
como la flor al soplo de la racha,
y exclamo: "GERMINAL,"
y de su herida
corrió una fuente de licor sagrado
que bautizó la historia dolorida
de los siervos, con óleo ensangrentado.
Y ése fue dulce al comenzar; renuevo
de razas de alto nombre.
¿Quién me dirá si un huevo
son de torcaz o víbora? La mente
no sabe leer lo que en el tiempo asoma;
el hombre, como el huevo,
en nidos de dolor será serpiente,
¡en nidos de piedad será paloma!

Por dondequiera que mi sér camine
Anarkos va, que todo lo deslustra;
¡un rito secular que no decline
ante el puño brutal de Bakunine,
y el heraldo feroz de Zarathustra!

No puede ser que vivan en la arena
los hombres como púgiles; la vida
es una fuente para todos llena;
id a beber, esclavos sin cadena;
potentado, ¡tu siervo te convida!
¡Nada escuchan! Los pobres, a la jaula
de la miseria se resisten fieros,
y con brazo de adustos domadores
y el ojo sin ternura, ¡los enjaula
la codicia sin fin de los señores!

¿Quién los conciliará? Tibios reflejos
de una luz paternal y vespertina
visten de claridad el linde vago:
es que el Patriarca de los Ritos viejos,
de sapiencia cubierto, se avecina,
con la nerviosa palidez de un mago.
Es flaco y débil; su figura finge
lo espiritual; el cuerpo es una rama
donde canta su espíritu de Esfinge;
y su sangre, la llama
que los miembros cansados transparenta;
de su nariz el lóbulo movible
aspira lo invisible,
son sus patricias manos una garra
febril y amarillenta
es de los griegos la gentil cigarra
¡que con mirar el éter se alimenta!
Impalpable se irgue
-melancólico espectro-
y de la cuerda blanca
a su místico plectro
la melodía arranca.

Impalpable se irgue;
hay algo de felino
en su trémula marcha,
hay mucho de divino
en la nítida escarcha
que su cabeza orea.
Cruza sin otras galas
que la túnica nívea
que semeja las alas
rotas de un genio de celeste coro,
y sobre el pecho una
cruz de pálido oro.
Alza el brazo. La Europa
lo aguarda como a antiguo caballero,
debajo de una bóveda de acero;
calla sus labios la soberbia tropa
de esclavos y señores;
el Pontífice augusto
trae el bálsamo santo que redime,
y calma la batalla de panteras;
revalúa lo justo;
ya va a decir el símbolo sublime ...
y de sus labios tiernos
salió, como relámpago imprevisto,
a impulso de los hálitos eternos
esta sola palabra:
"JESUCRISTO."
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