sábado, 26 de septiembre de 2009

Del Taller Literario al blog y a ver como me va...


-Hola lectores, ahora estoy en una nueva etapa. Tratando de escribir lo que siempre he querido sacar y estoy en un taller literario con la conocida escritora guayaquileña, Solange Rodríguez. Voy a postear de vez en cuando mis textos y espero que los disfruten. Acepto críticas y opiniones. Gracias :)
****************************************************************
-1-
Porque deseaba con locura salir de esas cuatro paredes, disfrutar aunque fuera unas horas de música electrónica a lo que aguanten los oídos, integrarse a esos cuerpos sudorosos danzando en una pista al ritmo del tum/tum/tum; necesitaba desesperadamente conseguir dinero.
Antonia tenía 16 años y se consideraba lista para la vida. Estaba sentada ahí en su cama, contemplando el afiche de Axel Rose pegado en la pared y pensaba que se le veía un increíble paquete. Aún virgen se remecía en la sola contemplación de su ídolo posando en una licra roja brillante.
Pensó en lo que sentiría si pudiera tenerlo cerca, besarlo y poseerlo mientras Axel le susurraba a su oído la letra de “november rain” acompañado de sus característicos gemidos.
Dejó de escuchar la música en su cabeza y su mente aterrizó, volvió a concentrarse en el objetivo de ese sábado. Le daba vueltas a la forma de hacerse invitar a aquel lugar de moda del que todos hablaban, pensó en llamar al muchacho que la había sorprendido aquella vez en el parque. Un perfecto desconocido con uniforme de policía, era lindo, pero; -¿a qué clase de persona en su sano juicio se le ocurre meterse con un policía? - Se preguntó.
Agarró el teléfono, no sin recordar que la línea se encontraba en riesgo de corte a cuenta de sus eternas conversaciones:
-Aló flaca, ¿Cómo vas a salir esta noche?- dijo Antonia bajando la voz para que no la escuchara el “sapo” de su hermano en el piso de arriba.
-Como siempre sonsa y más te vale que vayas por que van a repartir tequila que da miedo, acuérdate que allá hay barra libre.
“La flaca” tal y como era conocida Janina entre sus amigos era, es y seguirá siendo, si es que todavía vive, un ser de piedra.

Tenía por costumbre dormir a sus viejos. Les daba pequeñas dosis de un potente tranquilizante en el café de las seis de la tarde y los dejaba profundos mientras salía campante saltando con pericia la pared de su patio trasero aún en diminuta minifalda. Solía también vaciar la billetera de su papá antes de irse y jugar con ellos como muñecos inanimados dejándolos semidesnudos en la cama en posiciones comprometedoras aunque sabía bien que su vida sexual era un asco. Locuras de una hija única.
Antonia armó la pequeña maleta: desodorante, protectores diarios, interiores tipo hilo, camiseta para dormir. Abajo en el fondo, la minifalda, la blusa negra, el maquillaje que aún, según su madre, era inapropiado para su edad y los infaltables cigarrillos.
Salió de la casa, llevaba bajo su ropa la alcancía de su hermano menor, que había bajado de un recóndito rincón encima del armario. Sin ningún remordimiento se sentó detrás de un árbol calles más adelante y delicadamente sacó su navaja de la chaqueta de jean que siempre la acompañaba. Como una lata de atún, el metal se fue abriendo a cada embate de la navaja, y Antonia podía ver que se asomaban monedas y billetes de diferentes denominaciones que no tardó en seleccionar y agrupar, 35 mil pesos. Toda una fortuna para alguien sin absolutamente un centavo en el bolsillo hasta entonces.
Despacio guardó su botín en la mochila y se cuidó de que nadie la vea botar depósito de la basura la prueba de su delito. Caminó unos pasos más hasta la entrada, se persignó al entrar y le dio un beso a su mamá, llegó justo en el momento clave, -yo pecador me confieso, ante Dios todopoderoso y ante vosotros hermanos que he pecado mucho-, recitó de memoria al igual que todos los feligreses de la pequeña iglesia de barrio, -por mi culpa, por mi culpa, por mi gran culpa- respondieron todos al unísono con golpes de pecho.
Había pedido permiso para ir a dormir a casa de Juliana, amiga desde la infancia, completamente opuesta a la imagen rebelde que proyectaba Antonia. Juliana era especialista en parecer una niña dulce y tenía ese aire inocente que evadía cualquier sospecha, su manera de vestir, sus gestos, su voz, la piel inmaculada y los cuidadosos peinados de “reinita de belleza” hacían que todas las madres del barrio la tuvieran por ejemplo de comportamiento, modelo de moralidad.
Juliana siempre resultaba la mejor coartada de sus compañeras de rumba, sus papás casi nunca estaban en la ciudad y la abuela octogenaria no notaría que esa noche también iban a desaparecer justo cuando ella terminara de rezar el rosario y se tomara su agüita de valeriana. El plan estaba saliendo a la perfección.
Antonia caminaba y una idea daba vueltas por su mente, ¿sería posible que notaran la falta del dinero?; pero, ¿cuántas veces había llamado a su padre a pedirle plata y se había encontrado con una negativa?, recordó haber pedido también a su mamá una mesada sin éxito -desde que se separaron me tienen abandonada- justificó. Además pensó en el enano insoportable de su hermano y en las ocasiones en que la había chantajeado con sus secretos y robado lo poco que le quedaba del dinero del recreo.
-¡Qué se jodan!- gritó en voz alta y pateando al aire
-2-
La casa de Juliana era una villa de piedra ubicada a pocas calles. Los dos sauces llorones de la entrada con sus largas cabelleras no mejoraban el aspecto lúgubre de esa mansión que en otro tiempo seguramente fue bella y señorial. Hoy lucía tan vieja como la abuela que la recibía en la puerta, siempre sin mucho ánimo y arrastrando sus piecitos como si la vida le pesara plomo.
Del teléfono de la habitación llamaron a Janina y sincronizaron relojes, eran las siete y media de la noche.
Mientras Juliana rezaba afuera el rosario con la abuela, Antonia que se había disculpado por una fuerte jaqueca se acostó mirando el cuarto de su amiga con una profunda lástima. Un oso de peluche por aquí y otro por allá. Las pequeñas muñecas de porcelana puestas primorosamente en una repisa construida en madera y cintas de colores pastel. El cuadro del ángel de la guarda cuidando una pequeña niña que seguramente en algún momento de su infancia se pareció a julianita. –Patético-, se dijo; -simplemente patético, si tuviera que dormir aquí me suicidaría a los dos días- pensó.
Sacó del bolsillo un cigarro aplastado, se paró sin ganas y se fue al balcón. Trepó la reja y de un dos por tres estuvo en el techo de la vieja casona. El aire traía un olor a dulce y canela, el viento afuera zumbaba entre la vegetación.
De un rasgón prendió el fósforo con el cierre del pantalón, un viejo truco de rockero que le habían enseñado. Se recostó en las tejas aún húmedas de algún aguacero reciente y sintió fresquito.
Pensó de nuevo en él. Aunque habían pasado algunos días, tenía grabada su cara cuando apareció de la nada y la tomó del brazo fuertemente pero sin hacerle daño. La había encontrado con Hans y Janina en plena armada de un porro de marihuana en el Parque del Centro, a ella que era la armadora y no la fumadora. Cada que lo recordaba le daba mucha rabia. Temía confesar que más que rabia sintió vergüenza, a ella que todo le daba igual.
La palabra “policía” siempre le había resultado detestable y ahora era parte de ella y la tenía impregnada como un mal perfume al que no se puede sacar de la ropa con una simple lavada.
Tras el penoso incidente del porro, algunos empujones a Hans y unas cuantas groserías dichas a los gritos por Janina recordó que “el policía” le tomó sus datos solo a ella, que entre las averiguaciones le pidió el teléfono de su casa, que ella le dio uno falso y que él se dio cuenta. Entonces, antes de dejarla ir, bajó la mano acariciando la parte interna de su brazo y le deslizó un papelito. Era una mano brusca y grande que introdujo su palma en la suya de manera electrizante.
Debía tener unos 20 años, eran las suposiciones de Antonia que había dado dos o tres vueltas de nuevo de manera “casual” para volver a verlo sin conseguirlo.
El dichoso papelito tenía un teléfono escrito con mala letra en el que se leía: “estación 35, teléfono… Agente Torres”. Podía llamarlo, pero ella era así. Se negaba a hacerlo y prefería encontrarse con él frente a frente, quería tomar valor para acercarse a una persona que definitivamente no encasillaba en su mundo.

**********************************************
Este fragmento es parte de algo más largo y aún no tiene nombre, queda en "continuará". Trataré de escribir más corto para cuento en estos días.