viernes, 9 de octubre de 2009

María Lagos


















“Camina que camina, María Lagos”...

El flaco con aire intelectual va en el vagón del tren, le fastidia la luz titilante mientras intenta leer. Decide cerrar el libro. Saca un abrigo de su maleta y cierra los ojos. Sueña con un pantano, con un pozo negro y humeante. De él emerge un seno turgente, blanco y redondo coronado por un pezón perfecto.

Se despierta asustado, sudando. Ya se ha hecho de día. El sol entra por las persianas de manera perpendicular. Él se escabulle de la luz, ora, y se persigna. Se levanta y saca de su maletín la sotana, la alisa con la mano y mira la hora en el reloj. Es momento de bajarse del tren.

Llega a la estación y lo espera el dependiente en el mostrador, le han dejado un encargo para el “curita” nuevo de Puerto Rico. Es una vieja bicicleta oxidada que rechina a cada movimiento. El calor es abrasador, pero le han explicado que la iglesia queda retirada del caserío del pueblo y debe llegar solo hasta allá, como referencia le dicen que es cerca de un faro que se divisa a lo lejos. La cruz también se alcanza a ver.

Mientras pedalea la descubre. Lleva el esqueleto de un paraguas sobre el hombro, es menudita y frágil, el cabello cobrizo y suelto le llega hasta la espalda. Va con un vestido de encajes con florecitas, que tal vez alguna vez fue blanco y a fuerza de tantas lavadas se convirtió en un color indefinido. Tiene pecas que se asoman por sus hombros. Ella parece danzar sobre la arena despreocupada, con los pies descalzos. Tiene las manos bellas y los dedos, largos.

A lo lejos un grupo de niños pescadores suelta las redes y corre tras de ella como una parvada de pelícanos, la rodean y la empujan: “pobrecita la mudita, pobrecita María Lagos, camina que camina, María Lagos…”. Ella los mira, pero no hace nada, sigue andando con su pasito uno-pasito dos- saltito. Da la vuelta de repente y lo mira desafiante. Fusila con ojos fijos a ese hombre vestido de negro entero como un cuervo, con su cuello blanco y su sombrero de paja, que la observa desde lejos apoyado en la bicicleta.

Él siente su mirada, arde su rostro. Ha visto la cara más bella del mundo hasta entonces, ha visto esas cejas gruesas y los ojos verdes y profundos. Se ha perdido en el fuego de su pelo y huye.

II
Su primera iglesia es pequeña, vetusta, hecha de madera, caña, tejas de zinc. Piensa que luego podrán mejorar las cosas, que es un buen pueblo este al que lo han enviado, espera conocer mañana a su rebaño, se va a descansar.
María ha llegado. Tuvo tiempo para lavar el piso, ha pulido la madera; ha sacado al gato a escobazos, también puso a cada santo su ropa de domingo para recibir al recién llegado; las bancas relucientes, el cáliz más brillante, flores para la Virgen. El despierta, siente un fuerte olor a rosas, lo sigue con el olfato por toda la estancia y la encuentra preparando el café en la cocina de espaldas y descalza, un rayo de luz entra por la ventana y refleja en su cabellera. Quiere hablarle pero recuerda que es muda, solo sonríe y ella devuelve la sonrisa con la taza de café en la mano que el recibe de manera temblorosa.

Ha salido la luna y comienza a garuar en Puerto Rico, el faro gira su luz para llamar a los pescadores que se encuentran extraviados en alta mar y mostrarles el camino que los traerá de vuelta a casa.
María está sentada hace horas en el piso de tierra viendo como caen las polillas, tras dar vueltas y vueltas fascinadas por el foco de la sala. Las levanta con curiosidad, las destripa como liendres, las sopla crédula pensando que puede revivirlas.

Él contempla absorto desde una esquina el espectáculo con una dulce pena, la mira sonreír y hasta adivina en su rostro por momentos la lucidez. Intenta descifrar cómo una obra de tal perfección puede haber llegado a la locura a tan corta edad. Se propone enseñarle los caminos de Dios y su palabra, hace planes a futuro para hacerla salva y de ser posible santa.

III
María lo ha visto entrar a la sacristía a eso de las diez, afuera las olas rompen vigorosas y ella marca en el reloj de cuerda las tres de la mañana, adelantando el tiempo en paralelo con sus sueños. Entra despacio, buscando a tientas los muebles, la silla, la cama. Se desliza adentro de las sabanas calientes, el fuerte viento hace rechinar y chillar las tejas como gatos en celo.

Introduce su mano en el pantalón de franela, encuentra lo anhelado, lo mueve, lo unge de su aliento. Para cuando él despierta ya es muy tarde, el pantano esta allí mismo, en esa cama hirviente. La descubre desnuda, la besa, reconoce sus turgencias, sus caderas estrechas, sus humedales ardientes y desconocidos.

Suenan cuatro campanadas. La embestida gloriosa ha durado exactamente sesenta minutos. Tras la batalla ella ha ganado y se levanta airosa, se calza y sale por la puerta. Él apenas ha podido ponerse el pantalón mojado para salir tras ella en la tormenta. La ve correr al faro y se da cuenta que debe seguirla hasta la cima.

La encuentra, dando vueltas frenéticas a la luz incandescente, corriendo desnuda, en círculos perfectos con sus brazos abiertos imitando un vuelo de alas invisibles, suicida insecto alado queriendo estar más cerca de la luz a cada giro. Un torrente de lluvia cae sobre el viejo techo del faro, María continúa su vuelo imaginario ante el absorto sacerdote que apenas alcanza a distinguir entre la luz intermitente que su cabellera empapada lleva puesta la corona de la virgen del Cisne.

De pronto María se ha detenido. Lo toma de la mano y le muestra el camino al pequeño balcón. Desde el borde de la baranda puede ver hacia abajo los acantilados y las olas rompiendo al compás de los truenos y el viento, todos en una orquesta ensordecedora. Ella lo encara nuevamente, pero esta vez es como en la mañana, una mirada dura y desafiante. Así, de un golpe; él puede comprenderlo todo. Llorando y empapado cae de rodillas por última vez.

Hoy es domingo y la bicicleta ha regresado misteriosamente a la estación como desde hace tres años, otro tren llegará nuevamente próxima semana.