martes, 15 de enero de 2013

Henry: “Échale semilla a la maraca pa’ que suene… cha cu cha”






A Salango... 

Bueno, estoy lista.
Casi dos meses después he postergado este momento hasta hoy.
Me siento ante estas teclas y percibo lo mismo que sentía cuando te ponías detrás del respaldo de mi silla para ver lo que escribía.
 -Escribes igualito a mí, es sorprendente…
-¿El estilo?,
 -Noooo…la velocidad”

Papá no era tan dulce como parecía, se tenía que ser muy valiente para ser tu hija.
Apareciste un día en mi casa después de dar a luz a José Miguel y me dijiste:

-          ¿Quién es este atravesado?,  ¡yo quería una nieta, y encima con ojos azules!!…Van a creer que me he robado ese niño si lo saco yo solo a pasear…

Años después tu vikingo sería tu confidente, casi, casi el mejor amigo. El alcahuete del teléfono con las chicas, el anzuelo en los centros comerciales para ligar.

Ahora que sé que me miras “todo el tiempo”, me siento más vigilada que nunca.
Comprendo que nunca te sentiste del todo conforme con mi manera de ser y de pensar.
Cuenta la leyenda que estabas muy orgulloso de mi, que últimamente habías conversado sobre la posibilidad de estarme “admirando”... y yo que te conozco “mosco”, se que hubieras preferido que fuera una loca a tu imagen y semejanza.

Se también que las cosas en que fui rebelde contigo y que más te joden es haber sabido que me resistí a ser promiscua, viciosa, “hipposa” y a exponerme en público solo para no ser como tu. En eso fallaste, debiste haber sembrado mejor en mí la semilla del desorden.

No quiero repasar las líneas anteriores. Supongo que hay reclamos que no te esperabas y sentimientos que sabías que me estaban matando.

En realidad te confieso, siempre pensé que iba a irme primero que tu.  Me encantaba cuando con tus manos sobre mis hombros me decías que estaba “cargada” de estrés, que no sabía vivir, que tu eras más fresco y por eso ni las balas podían matarte. Tenía 12 años cuando un día me llevaste a tu oficina y sacaste un acetato de Leonardo Favio… “Acordate de olvidarme, yo te lo pido…que una bala me espera en cualquier sitio”…y yo me pregunto, si estuviste contento de irte por un paro cardiaco y no por un tiro. Cuantas veces planeamos qué hacer en medio del atentado, como yo me escondería bajo el asiento del copiloto y tú saldrías a sangre y fuego, mientras yo cargaba una pistola y les daría “matute” a todos en venganza. No quedaría uno.

También planeamos mil veces, como en medio de una conmoción cerebral, si llegaras a quedar vegetal, yo tendría que desconectarte, no querías estar pegado a un aparato para sobrevivir y me hiciste jurarlo. Traidor. Ahora sé que lo  hiciste prometer a mis hermanos, nietos, a los amigos y hasta a los desconocidos. No dejaste puntada sin dedal.

Lo que me tranquiliza, en serio, es que no sufriste. Esa sensación de que fue una muerte plácida, de cinco minutos a lo máximo me explicó el doctor. Sólo pocos sabemos lo feliz que estabas y el porqué en ese preciso instante. Por tanto si creo que lograste hacer las paces con Dios y que te dio un pase de una forma muy amable al otro lado.

Últimamente estoy muy desubicada, hablo en pasado y presente como si no hubiera diferencia. Te nombro y no atino a decir… “mi papá era, o mi papá decía”…tengo el tiempo pasado en modo difícil. 

Si me preguntas de qué me arrepiento. Quizá de no haber ido más frecuentemente a estar contigo en estos dos últimos años. Cuando venías a Quito últimamente ya no peleábamos como novios. Me arreglaba muy bien para que no digas que estoy gorda, que estoy con cara triste o amargada, era como esperar a un viejo amigo que nunca tuvo contigo palabras de hipocresía. Al contrario siempre dijiste lo que pensabas de mi, tal cual, y por eso, cualquier desición en mi despelotada vida, pasaba por tu observación.

En el último año, cuantas veces nos dijimos “te amo”… ¿presentíamos?,  atesorábamos quizá cada momento para después. Como si aquel divorcio de afectos de años, nos hiciera vernos hoy como lo que fuimos dos personas “grandes” con derecho a ser felices como bien nos parezca.

El amor es extraño. Nos toma años comprender que es un sentimiento que abarca mucho más que la estrecha visión de pareja. Yo te amé y ahora comprendo que eres el referente de amor que le puse a todo, a mi carrera, a mi manera de ser mamá, a mis palabras, a mis acciones. Siempre intentando pensar en lo que tú harías o no harías. Buscando ser distinta a ti, hice gala de la estirpe Holguín siendo como tú en tantas otras cosas.

Tuve que meterme una dosis de Lavoe para escribir esto. Por que solo Lavoe nos comprendía a ambos. Por que esa dosis de humor negro, sangre, celos y presentimientos mortales es la maldición  que ha marcado nuestras historias.

Tu comadre Sarita, la pelirroja que adoraste, todas las noches conversa contigo. Quisiera tener ese espíritu de niña y creer que me escuchas, que me ves. ¿Puedes escucharme donde estás?, ¿Cuánto vale un Cielo azul, si un día le falta ser Sol?...

Como no podía ser de otra manera, desataste una tormenta. Es una tormenta que viene lloviendo desde el 7 de Diciembre. Los Holguines hemos sacado lo mejor y lo peor de nosotros, los amigos han demostrado cuanto te querían y los que no lo eran han “pelado el cobre” tal y como lo anticipaste siempre.

Allá con Lavoe, con Tito Puente, con Celia, con Saramago, con Proust, con Facundo, Mercedes, con Bukowski, Dante y con el mismo demonio has de estar convenciendo a Jesús de hacer una farra en el cielo.  Suenan las campanas de la salsa con su “titicó” y hacen el pasito “cañandonga”. Cielos y etapas más arriba te pegas una vuelta a saludar a Guillo, comparten impresiones sobre lo que ha sido de las vidas de quienes nos quedamos sin ustedes y critican, par de viejitos chismosos, ya sin prisa, cosas como  que no te revisaron la ropa antes de meterte al cajón, ni te hicimos el bien de ponerte la camiseta de tu Barce.

Se que no te gustaba que te diga Henry, te morías de rabia por que lo considerabas una falta de respeto para contigo. Ahora te puedo decir como me de la gana, y sonrío con la cara que te encantaba que ponga, con la que te convencí, desde llevarme a una fiesta a los 16 años, hasta de dejarme vivir contigo un tiempo cuando se me separé.

Donde estés, Henry…mi pana, mi amor. Échale semilla a la maraca para que suene y déjanos saber que tu energía, tu risa, tus abrazos y tu espíritu siguen con nosotros…porque, “sin negro, no hay Guaguancó”.